Al leer Respira, de James Nestor, encontré una idea que conectó muchas piezas: para desarrollarse con fuerza y cumplir bien su función, la mandíbula también necesita estímulo masticatorio. La alimentación moderna, cada vez más blanda, reduce parte de esa exigencia.
El libro explora cómo ese cambio puede relacionarse, junto a otros factores, con un desarrollo maxilofacial menos favorable: respirar por la nariz se vuelve más difícil, la boca empieza a asumir parte de la respiración y la forma del rostro también refleja ese proceso. No lo entendí como una explicación única —también intervienen la genética, el crecimiento, las obstrucciones y otros hábitos—, sino como una invitación a mirar el cuerpo completo. La estética quedó en segundo plano; lo importante era recuperar función, descanso y una relación más consciente conmigo.
No buscaba perseguir una forma ideal. Buscaba comprender qué necesitaba mi cuerpo para respirar y sostenerse mejor.